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17 de marzo de 2012

El desgarro


No tenían sitio para sentarse los cuatro juntos. Yo ocupaba un sitio de una fila de cuatro y la fila frente a mi tenía un asiento libre, así que la familia se distribuyó con eficiencia y precisión, desoyendo mi ofrecimiento del puesto.

 La mujer se sentó a mi lado, apoyando el bastón contra su barbilla, y el hombre se sentó enfrente, entre las dos chiquillas que guiaba con sus manos. Al terminar de sentarlas, le hizo un gesto a la mujer, con una sonrisa, al que ella asintió con el silencio de las parejas que se hablan sin hablar porque ya se lo han dicho todo. Lo vi por el reflejo del cristal, la mujer tenía arrugas profundas en los ojos y parecía aún mayor que el hombre, que tenía el cabello completamente blanco y ojos rasgados por el cristal de sus gafas. El identikit que me apuré a realizarles explicó lo de las niñas, tan pequeñas: una morena de unos nueve años y una asiática de edad incalculable pero de modales espontáneos. Habrá tenido unos cinco años.

La morena iba seria, de chándal azul y bolso verde con un pin en el que se dibujó una flor. La asiática no paraba de moverse en el asiento y agitar su diadema rosa y su falda vaquera. Pero el hombre se volteó hacia la morena y la señaló con el dedo:

-Que sea la última vez que te comportas así. Te portas fatal, no haces más que disgustarnos ¿Me oyes? Te quedarás en casa y no vendrás nunca más con nosotros ¿te queda claro?- seguía señalándola con un dedo índice muy largo y recto hasta casi tocarle la frente, la niña no lo miraba- Eres muy mala ¿Por qué no puedes ser como Laura?

La niña asiática entonces paró de moverse, tomando de la mano que le quedaba libre al hombre, que se giró hacia ella.

-Quiero petisui- dijo la niña y el hombre le sonrió, cambiando con una facilidad pasmosa el gesto duro al cálido.

- Cuando lleguemos a casa tendrás todo el petisui que quieras - miró a la mujer- ¿verdad que se lo merece?

Y los tres se sonrieron y juraron tomarse todo el petisui de la nevera.

Mientras, yo observaba a la niña morena, que escondía las manos regordetas entre las piernas y el bolso verde de pin de flor. Esquivó mi mirada y la fijó en el suelo. Se pasó una mano por el cabello, negro azabache, y se colocó un mechón detrás de la oreja. Era una niña  con un cuerpo de niño regordete y una pelusilla sobre el labio superior que vaticinaba una adolescencia incipiente. No era un encanto de catálogo, como la asiática, y creo que casi no respiraba. Se miraba las manos y aguantaba la respiración.

-Indira -dijo el hombre y la niña morena levantó la vista del suelo- quiero que me mires y atiendas -ordenó, obligando a esa mirada a reparar en el dedo índice que se desplegaba otra vez,  rígido como un puntero.

La niña se fijó en el dedo mientras el hombre mayor volvía a la carga. Era una niña mala, un desastre, un disgusto, un error. Se lo iban a contar a alguien, alguien que iba a venir a buscarla porque era un mal ejemplo para Laura (ya entonces sabía que se refería a la niña asiática, que seguía canturreando su pedido de petisui y golosinas y helados y diademas rosas). El hombre bajó el mentón y fijó unos ojos que no parpadeaban en la silenciosa niña de los dioses azules. La batalla estaba decidida en favor del dios de las cruces. El Monte del Calvario se alzaba. Las manos de la niña temblaban y se escondían en un bolso verde en el que crecía una sola flor, tan huérfana como ella. Retrocedió contra el respaldo del asiento y no se escuchó su voz, si es que la tuviera. Se quedó ahí, señalada, mientras los tres restantes regresaban a sus diálogos sordos con aroma a chicles.

Yo la observaba con la esperanza de que me mirase. Iba a dedicarle una sonrisa, creyendo que así aliviaría su carga. Pero no volvió a levantar la vista del suelo. Se encorvó en su asiento, con un temblor en las comisuras de los labios y se quedó mirando su chándal: era azul y estaba un poco desgastado, remendado en los sitios donde sus caderas empezaron por crecer. Con una mano oscura se alisó los pliegues que se hacían en las rodillas. Juntó sus pies muy pegados entre si y abrazó su bolso verde. Ignoró que la flor del pin tenía una sonrisa dibujada y allí se quedó, al margen del amor.
Hubiera querido seguir a esa familia hasta un final feliz, pero el tren llegó a mi estación antes. Hubiera querido tomarle de las manos a la niña de las Indias y darle calor, pero yo sentía frío. Y me bajé dándole la espalda a un trozo de terreno arrasado entre esas pestañas tupidas. Apuré el paso para que nadie fuera testigo de que me llovía por dentro.

21 de enero de 2012

La emboscada

El quinto pelotón no volvió. De la cuarta brigada no se supo nada al atardecer. Cuando el noveno regimiento no fue más que estática en la radio, al general Gutiérrez le tembló la muñeca derecha al recibir una nota al telegrafista. Leyó en voz baja.


“Vaya usted mismo stop tiene hasta el amanecer”

El intercambio de miradas apuró al muchacho, que giró sobre sus talones una vez hecho el saludo de rigor. El general Gutiérrez, de pie ante la puerta de su tienda, observó la colina en el horizonte. La artillería seguía quemando el cielo, pero en la colina nada se movía. El fuego no llegaba hasta ese montículo de tierra.

Es sólo tierra, pensó el general. Sólo un montón de tierra, puñados de tierra unos encima de otros. Alguna piedra. Tiene hasta el amanecer.

El general Gutiérrez le puso los signos de exclamación que faltaban. Tan seguro estaba de que esas órdenes habían sido gritadas, casi escupidas, en el arrebato.

Para asegurarse de que todo terminaría rápido, con victoria o derrota, el general Gutiérrez se puso al frente del ejército. Sin tanques ni blindados, inútiles en el estrecho paso del cual no regresaron los mejores hombres, se dispuso un ataque incesante, hombre a hombre. La artillería enmudeció, y sus operarios se cuadraron en las filas para aumentar las posibilidades.

Por fin marcharon, avanzando entre restos de metralla y tierra quemada. La colina se elevaba en el cielo de aquella noche como una madre ofendida. El general Gutiérrez, al frente de sus capitanes, respiró hondo y entró en el desfiladero con el fusil apuntando a la raja que avistaba a la salida del mismo.

Pensaban que terminaría rápido, pero no tanto. El general cayó ni bien lo deslumbró la luna. Y el caos se desató, puesto que los capitanes vieron cómo se lo tragaba la tierra y dieron el paso al frente para evitar lo. Quienes venían detrás de los capitanes los vieron desaparecer, y el terror los movió hacia adelante. Una fila tras otra, avanzando y desapareciendo, el ejército entero se deslizó por los toboganes que los rebeldes ciudadanos se habían negado a entregar a la fundición estatal, y que habían dispuesto a la salida del desfiladero. Una fila tras otra, fueron entregándose a la pendiente, entre gritos, algunos cogidos de la mano por un capitán, otros abrazándose con sus mejores amigos del campo de batalla. Vieron en sus caras las caras de los abuelos, los tíos, los padres de antaño. Respiraron. Al final de la pendiente, entre pelotas de color, encontraron a los perdidos y siguieron en frenesí, trepando por el resto de toboganes dispuestos en el parque, olvidando por qué estaban ahí.

17 de enero de 2012

Por qué... por qué...

Empecé a escribir para escapar de la cárcel. O de un aciago destino. Mi padre era un estafador de poca monta al que siempre le salían mal las cosas. De él aprendí a mentir muy bien. Pero decidí utilizar ese talento en otra cosa que no fuera sacarle dinero a la gente ilusa. Porque cuando uno tiene seis años de edad tampoco puede sacar gran cosa que no sea una buena nota en un examen de dictado. Desde entonces, me fui perfeccionando en el arte de contar historias. Volviendo a los exámenes, nunca estudiaba: relataba muy bien cualquier paranoia que imaginaba para responder a un profesor, y salía con las mejores notas. Desde entonces no he parado.

13 de noviembre de 2011

El hombre de aceite y su bronceador caducado

El avión dio un brinco, y algunos obedecieron la señal luminosa cerrándose los cinturones. Un segundo brinco, y los que estaban cabeceando una siesta se despabilaron, se escucharon voces nerviosas. Enseguida vino el tercero, más violento y parecido a una sacudida, y la azafata con el carrito tuvo que sujetarse a él. Entonces, el avión inclinó el morro apuntando a tierra y las mujeres comenzaron a gritar. El sol entraba por unas ventanillas y por otras, los estómagos subían y bajaban. Un sonido histérico que se aceleraba, proveniente de una de la turbinas, anunció la caída de las mascarillas de oxígeno por sobre las cabezas de todos. Y mientras una voz aseguraba ser algo como un comandante y pedía calma llamando a la tripulación a sus puestos de emergencia, Dimitri, sentado en el 33D, lo observaba todo. Cualquiera que en ese momento tuviera el coraje de observar la tragedia como si estuviera detrás de una vitrina hubiera coincidido con este narrador. Dimitri, sentado con los brazos descansados en cada lado, los labios cerrados, el cinturón de seguridad ajustado a su barriga y la vista al frente, era la imagen del estoicismo frente al pánico. Nadie reparaba en él, estaba solo en esa fila de asientos, no tenía testigos.


Pero Dimitri sudaba. Llevaba sudando desde el primer momento en que llegó al aeropuerto, leyendo las pantallas de información, despachando el equipaje, preguntando a esa muchacha de moño tirante porque no entendía bien el inglés de los altavoces (la muchacha era amable, sólo una vez le miró el rostro surcado por gotas de sudor aceitoso y lo relacionó con la edad de ese hombre bronceado hasta en la coronilla que asomaba bajo el cabello blanco). Varias veces tuvo que recurrir al pañuelo para secarse la frente, el cuello, la barbilla. Y antes de hacer la fila de los controles de seguridad, se metió en el baño a secarse las axilas con papel.

- Me van a pillar –se dijo mirándose al espejo. Pero en ese momento corrió el agua detrás de una de las puertas y Dimitri recordó que los baños de los aeropuertos siempre están silenciosos cuando hay alguien escuchando lo que no debe.

De regreso a la fila de control, contó las personas que pasaban por delante de él. Cuatro. Y cuando le llegó el turno se mostró solícito y sumiso. Se quitó el cinturón, el reloj, los anillos, el pendiente. Arrojó las monedas sobre la bandeja con sus pertenencias, estaba empezando a sudar nuevamente, y el oficial que le daba las órdenes era guapo y le guiñó un ojo. Pasó el escáner y sonrió al joven coqueto, y este lo dejó ir sin registrarlo. Si tan sólo me gustaran los asiáticos, pensó Dimitri, mientras se alejaba mirándose en los escaparates. Y sonrió al comprobar que el bronceado seguía allí, que no había sido un espejismo, que no quedaba nada de su origen excepto el nombre. Y que tenía por fin la clave para tomar color, después de años de intentarlo.

Mientras el avión seguía en su emergencia, Dimitri luchaba contra las imágenes de una vida que no quería ver pasar delante de sus ojos. Apretaba los puños sobre el apoyabrazos. Bielorrusia, inviernos larguísimos en esos barrios cuadriculados que construía el gobierno, su madre quemando una silla en el salón para poder calentar la leche. Sudaba sin parar tratando de purgar el virus del recuerdo. Vio cómo una mujer mayor vomitaba sobre su falda, dos asientos adelante, y trató de concentrarse en ese vómito. Pero recordó un guiso tibio de pichones de paloma y patatas, y entonces quiso vomitar él también.

El avión levantó el morro. Dimitri se agachó lo que le permitió el cinturón, dispuesto a largar el último desayuno inglés del hotel, cuando notó su pantalón manchado en los tobillos. Así recordó que se había guardado el tubo del bronceador, la clave de su color americano, en el calcetín. Las sacudidas cesaron mientras Dimitri, doblado en sí mismo, pudo pensar con una sonrisa en su casa de Alicante, su decoración pop, su peluquería, sus sesiones de sauna, su manicura. Y su bronceado. Siguió sudando y empapando las axilas, mientras la voz de los altoparlantes anunciaba un aterrizaje de emergencia, en Minsk, que Dimitri no escuchó.

1 de noviembre de 2011

Es mía

- A que paso los cables – anunció Erwin.
- No boludo, que la podés mandar al tren.
- ¡Dale pateá! ¡Seguro que llega!
- ¡Es nueva! – se quejó Luisito, estirando los brazos hacia Erwin reclamando la pelota para continuar el partido.
Era una pelota nueva, inflada y tensa, de color rojo. Aún brillaba y olía a goma, a regalo de Navidad recién abierto. Luisito se la mostró al resto de los chicos del barrio por la noche, entre los petardos que les rozaban las rodillas asomadas a los pantalones cortos. Y por eso lo vinieron a buscar por la mañana.
Por fin lo necesitaban, a ningún otro le habían regalado una pelota. Tal vez al Chuchin, pero era una pelota de basket, no contaba. Y a la luz del día esa esfera tan roja y aún suave fue el centro de las exclamaciones de admiración. Así que Luisito se sentía feliz, el rey del barrio, porque pudo elegir donde jugar un partido y quiénes jugarían en su bando. De ser el chico nuevo al que nadie invitaba a jugar a ser indispensable. Eligió al Ruso porque era rápido, al Bola porque atajó penales en el último partido y a Laurita, la única nena que jugaba al fútbol pateando tibias como nadie. En el otro bando quedaron el cabecita Maldonado, Andrés el indio, el pichi Juan y Erwin, el más alto de todos porque tenía dos años más que el resto y muy mala fama.
Fueron al descampado junto al último bloque, detrás de la escuela, junto a las vías. Los municipales lo habían cerrado con malla metálica argumentando motivos de seguridad ferrovial, pero los muchachos más grandes tardaron poco en hacerle una entrada con unas tenazas para ir a beber y fumar. Erwin conocía la entrada. Los padres siempre se quejaban de eso, profetizando alguna tragedia "un día de estos". Mientras por lo general madres, abuelas y vecinas se llevaban una mano al pecho. Pero no le temían tanto al tren como a la torre. Porque en un extremo del terreno de siete hectáreas estaba esa mole de metal, ese atlas elevando cables de alta tensión.
La torre fue el testigo en ese partido en el que Luisito y su equipo le metió dos golazos a la barrera marcada con ladrillos que defendía Erwin. Uno de chilena y otro con una jugada de tres pases. Y lo festejaban con carreras histéricas que levantaban polvareda y humillaban al otro bando. Tenían las caras sucias de sudor en el que se pega el polvo, después de una hora jugando sin detenerse, cuando en el tercer gol Erwin agarró el balón y lo observó muy de cerca, apuntando con él a la torre.
- ¡Probá al menos, a ver si llega!
- Seguro, el Rami la pateó alto y llegó al otro lado
- No vas a llegar
- ¿Seguimos jugando o qué?
Erwin miró la torre, y al balón que sostenía con los brazos extendidos, tomó impulso y le dio con el empeine de lleno.
- ¡No que es mía! – gritó Luisito
Y se disparó la esfera, como un cometa rojo, un meteorito que en vez de llegar a la Tierra se desprende de ella. La chiquillada contuvo la respiración. Alguien que pasaba por la calle se fijó en el cielo y vio por encima del horizonte, sobre el tejado de la escuela, una bola roja elevarse. Se elevó y se elevó, subió imparable. Hasta que justo cuando alcanzaba la cima hubo un guiño, una subida de tensión, y todas las leyes de electromagnetismo reclamaron la pelota para sí. Tocó el final de la torre, se deslizó haciendo equilibro en el borde de la viga más alta, y ahí se quedó. Inmóvil. Coronando la torre como una gema.
Los chicos se olieron el drama y escaparon, cada cual a su casa, a contárselo a algún mayor. Erwin se quedó ahí estático como la pelota, con el alma pegada a esa torre que se burló de sus ansias de gloria. Le pareció recordar algún sermón del catecismo, una historia de arcángeles y espadas de fuego  cruzadas ante la puerta del perdido Edén. Siguió observando a la pelota, esperando que una brisa la devolviera, mientras una bandada de pájaros se posaba en los cables a modo de custodia real. Se dio cuenta de que no estaba solo cuando un sollozo lo devolvió al terreno baldío para encontrarse con la mirada roja por el llanto de Luisito, que le llegaba a los hombros en realidad, pero a él le pareció que había crecido hasta superarlo en el mismo momento en que lo vió. Apretaba los puños y lo miraba contándole sin piedad todo lo que lo despreciaba. Erwin supo que si Luisito hubiera podido le habría arrancado el corazón. Rápido, empezó a buscar una disculpa o una amenaza, algo que le quitara tal odio de sus espaldas. Pero Luisito sólo tuvo una palabra para él antes de darle la espalda para siempre:
- Pelotudo