Existe en Resistencia un invisible. Su cuerpo consta de una parte llamada disco (parte solidaria, buen nombre) y una parte llamada pastilla (superficies de fricción). Todo él empieza en un pedal o en un manillar que lo acciona, según el vehículo que lo utilice, y termina en una cantidad de calor que expulsa el vehículo al final de la maniobra. Este artilugio, prácticamente desconocido en Resistencia por los conductores, tiene un nombre que nombra todo el proceso. Estoy hablando del freno, ese gran desconocido.
Y digo desconocido porque al parecer nadie sabe que está ahí, que funciona, que se utiliza cuando, por ejemplo, la luz del semáforo pasa de verde a amarillo. Por el contrario, quisiera creer que en una confusión de pedales y manillares, cuando se avista la luz del cambio todos aceleran, ignorando al freno, al tiempo que tarda la luz en ponerse en verde y, peor aún, ignorando el tiempo que les tomará frenar en caso de emergencia.
Porque mientras los que vienen de la luz verde al amarillo aceleran, los que esperan del rojo al amarillo... también aceleran. Y los números no dan:
El que cruza a 30 km por hora (si viene acelerando, supera esa velocidad) tiene sólo 5 metros para frenar. Si se cruza a 60 km por hora, tiene 15 metros. Y así, exponencialmente. Quienes aceleran, de un lado y del otro, ignoran el freno y esos números de posibilidades de cruzar sin llevarse a otro vehículo por delante.
El freno, ese desconocido, existe porque existe la luz amarilla. Existe porque existen las esquinas, los animales sueltos, los vientos que tiran un árbol en mitad de la calle, la rueda que se pincha en el peor momento, la botella de agua fría que se te vuelca encima, el termo del agua caliente que hace otro tanto. Pero, sobre todas las cosas, el freno existe porque existe el otro. Ese que se ignora hasta que, en un toque, se descubre que estaba ahí, que sus huesos se rompen, que sus órganos se licuan, que duele.
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5 de mayo de 2014
30 de enero de 2012
La lengua de las máquinas
Como en las películas antiguas, quiso tropezar contra el filo de algún mueble, en vano. Los habitáculos organizados tras la última Reforma para la Habitabilidad del Entorno Productivo carecían de muebles de patas o cualquier otra forma de elevación. Se rascó la cabeza sin darse cuenta y activó con ello la esfera que se asomó por una trampilla de la pared y se acercó hasta sus pies a recoger los cabellos invisibles que habían terminado de caer en la moqueta. Acto seguido ésta se elevó hasta su frente y lo roció, con mala puntería, muy cerca del ojo derecho.
Ardía, pero él no se inmutó. Dejó que se le llenaran los ojos de lágrimas y cuando éstas dibujaron una raíz desde su lagrimal, la esfera anunció “colirio”, pero él esquivó el nuevo rocío y retrocedió. No tenía con qué tropezar, pero se enredó con sus propias piernas y cayó de espaldas. No llegó a tocar el suelo, el puff se interpuso y lo dejó en una posición cómoda para observar la pantalla que se descargaba del techo. En el habitáculo resonó la programación correspondiente a su estado de ánimo. “Ansiedad”. Seguidamente, en las imágenes pudo ver a Viena en otoño, una investigación sobre el antiguo rito de pescar lo que se comía, las ventajas del color blanco en todos los habitáculos. Resopló y habló a la luz: “Aria”, dijo, y la habitación quedó en silencio. Ninguna imagen reapareció, sólo se escuchó la sentencia “No hay mensajes nuevos”
Se puso en pie y fue directamente a la pared más cercana, dándole un puntapié con toda la fuerza de sus veinticuatro huesos, sintiendo cómo éstos torcían su proporción áurea. Escuchó que la voz en la luz volvía a pronunciar su receta. “Ibuprofeno, seiscientos miligramos”. Medio cojo y con los ojos cansados, habló ante la puerta “Permiso para salir”. Hubo otro silencio, y la voz replicó “Estado emocional inestable. Clima externo húmedo. Temperatura tres grados. Hora cinco a eme. Posibilidad de baja laboral alta”. Suspiró, a sabiendas de lo que vino a continuación. “Permiso denegado”
Cuando retiraron su cuerpo hinchado, veinte días después, rescatándolo de entre los pocos muebles que tenía el habitáculo, completamente destrozados, y las esferas con sus mecanismos abiertos, la cruz roja aún titilaba en el holograma y la voz repetía “Permiso denegado”
Ardía, pero él no se inmutó. Dejó que se le llenaran los ojos de lágrimas y cuando éstas dibujaron una raíz desde su lagrimal, la esfera anunció “colirio”, pero él esquivó el nuevo rocío y retrocedió. No tenía con qué tropezar, pero se enredó con sus propias piernas y cayó de espaldas. No llegó a tocar el suelo, el puff se interpuso y lo dejó en una posición cómoda para observar la pantalla que se descargaba del techo. En el habitáculo resonó la programación correspondiente a su estado de ánimo. “Ansiedad”. Seguidamente, en las imágenes pudo ver a Viena en otoño, una investigación sobre el antiguo rito de pescar lo que se comía, las ventajas del color blanco en todos los habitáculos. Resopló y habló a la luz: “Aria”, dijo, y la habitación quedó en silencio. Ninguna imagen reapareció, sólo se escuchó la sentencia “No hay mensajes nuevos”
Se puso en pie y fue directamente a la pared más cercana, dándole un puntapié con toda la fuerza de sus veinticuatro huesos, sintiendo cómo éstos torcían su proporción áurea. Escuchó que la voz en la luz volvía a pronunciar su receta. “Ibuprofeno, seiscientos miligramos”. Medio cojo y con los ojos cansados, habló ante la puerta “Permiso para salir”. Hubo otro silencio, y la voz replicó “Estado emocional inestable. Clima externo húmedo. Temperatura tres grados. Hora cinco a eme. Posibilidad de baja laboral alta”. Suspiró, a sabiendas de lo que vino a continuación. “Permiso denegado”
Cuando retiraron su cuerpo hinchado, veinte días después, rescatándolo de entre los pocos muebles que tenía el habitáculo, completamente destrozados, y las esferas con sus mecanismos abiertos, la cruz roja aún titilaba en el holograma y la voz repetía “Permiso denegado”
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