Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas

27 de enero de 2012

Trampaleja (o 'el compromiso')

(juego de palabras necesarias para comprometerse con la vocación de escribir: RATO, hay que dedicarle su momento; RETO, tiene que ser un desafío y no aburrirte; RITO, tiene que ser constante como lavarse los dientes; ROTO, hay que corregir y volver a empezar cuantas veces sea necesario; RUTA, hay que hacer camino y experiencia)

Rato. Reto. Rito. Roto. Ruta.
Rato. Reto. Rito. Roto. Ruta.
Rato Reto Rito Roto ¡Mierda!
¡Hay que poner una lavadora!
Rato reto Las plantas necesitan
agua Rito Roto
¿Vive aquí el presidente
de la comunidad?
Ruta
Rato Reto Tengo que sacar
la basura
Rato Reto Rito ¡Las gotas
del gato! Roto Ruta
Hoy hago horas extras
Rato Reto Reunión y yo
con estos pelos no puedo
Roto
¿Cerré el gas antes de salir?
Ruta Rato A ver si vacío
el lavavajillas
Rato "amor, compra leche y pan"
Ruta Otra vez llegando tarde
Rato "¿Qué hay de cenar?"
Reto Mi ponencia es mañana
y no preparé nada
Rito Sigo sin escribir aquí
Roto correr una hora
y comer mucha fibra
Ruta

con todo, tengo un par de cuentitos
de los que me maravillo o avergüenzo
según la estación...

12 de enero de 2012

La Condicional

Una vez fuera, dejo pasar el autobús que me lleva al centro. El guardia de la caseta de entrada me mira pero no apunta el detalle. Quiero aprovechar y caminar en línea recta, o haciendo un zig-zag, para borrar de mis piernas la caminata en círculo de todos los días. Por fin aire fresco. Es la hora de la tarde en la que el mundo parece el fondo de una pecera y yo creo que en una vida pasada he sido un pez. Empecé a creer en vidas pasadas porque acaricio la idea de una vida futura. De muchas vidas, otras. Hasta tener una en la que seré feliz. Me recreo en los detalles de esa vida, en otro tiempo, mientras me acerco a las luces navideñas que me indican que llevo horas caminando y llego a la zona comercial que, como yo, hoy no dormirá. Porque hay un VIP's con una oferta de tortitas de nata, el camarero reconoce que la oferta sigue vigente cuando le doy el vale promocional. Ramírez me lo alcanzó porque en su última salida se lo dieron y él es celíaco. Esa es su mayor condena, asegura.
La larga caminata me hormiguea en las pantorrillas mientras me quito el hambre con ocho tortitas. También me dejan sirope de caramelo y mermelada de frambuesa. Pero para mí esas son mariconadas modernas, las tortitas se toman con nata desde su invención. Estoy tan seguro de eso como de que ayer, en el baño del ala derecha, un par de sindicalistas dejaron a Benítez en estado de exaltación.
Para bajar tanta harina y lácteo, elijo un parque sin vallas. Recorro sus senderos evitando a los mendigos, las parejas en la pubertad de sus hormonas, los vendedores de hachís. Es increíble lo poblado que puede estar un parque a medianoche cuando uno necesita hacer sitio en sus intestinos. Lo había olvidado. Pero una vez resuelto el problema encuentro ese monumento donde un par de africanos que no venden nada, ni me miran, cantan una canción tocando un tambor. Parece una canción de cuna.
Me despierto dolorido y helado. Por la lumbre del cielo es hora de volver, si quiero ir caminando. A mitad de camino me arrepiento, el sol está alto y calculo que llegaré tarde otra vez. Así que espero ese autobús y cuando subo me encuentro a Benítez. Sabe que lo se, pero no comentamos nada. Está más tranquilo y creo que lo mejor es no meterle el dedo en la llaga. Bromea con la rutina que nos espera al regresar. Trato de seguirle la corriente, y en el esfuerzo me doy cuenta de que estoy a punto de llorar. No quiero regresar, no quiero volver a entrar en esas paredes, ni saludar a nadie para evitar rencores, ni mantener la calma ¡No quiero!
Benítez me da una palmada en el hombro, interrumpiendo mi aflicción. Suspira y suspiro. En verdad, él se lleva la peor parte, yo no tengo de qué quejarme.
Lo recuerdo cuando vuelvo a sentir ese dolor en el pecho al saludar al guarda de la caseta, otro guarda. Y una vez dentro me despido de Benítez por los pasillos, entro en el departamento, y enciendo mi ordenador suspirando por la hora de salida.

14 de noviembre de 2011

Motivos para no llorar un lunes

Anda, termina de desayunar y levántate como un muelle suelto. Tienes que avisar a los ilustradores ¿Qué formato darle a una revista digital? Si es que está preñada y sólo pedimos cerveza sin alcohol. Y no he fumado para no tentarla. Nos metimos en esa tienda tan chula de vestidos vintage recién terminados en un taller de chinos. Todas tallas 40, genial. Me ha encantado Super 8, pero es mucho más tenebrosa que algo como Los Goonies, no vale la comparación. Encima va Rebecca y me quita una frase del relato, cinco palabras, y todo cobra sentido luego de años trabajando en él. Cinco palabras. Sólo cinco para armar una frase poética ¿Con sentido o sin él? Qué mas da. El sentido es para lectores atentos. Se lo mando tal cual, no, mejor lo selecciono para que no se decepcione tan pronto, que se trata de poesía joder. Pues nada, lo de bubok huele a chamusquina. Mucho publicado, mucho abarca y poco aprieta. No escribimos para eso, a ver si terminas esa novela a todo trapo. Ya entraremos en detalles ¿Hasta el sábado que viene? Nos vemos el sábado. Conseguimos esa edición rara, con la ilusión que le hace. Y de paso, un contacto para conseguir raras avis. Venga, me voy a trabajar ¡Hay mucho IVA que calcular!