Existe en Resistencia un invisible. Su cuerpo consta de una parte llamada disco (parte solidaria, buen nombre) y una parte llamada pastilla (superficies de fricción). Todo él empieza en un pedal o en un manillar que lo acciona, según el vehículo que lo utilice, y termina en una cantidad de calor que expulsa el vehículo al final de la maniobra. Este artilugio, prácticamente desconocido en Resistencia por los conductores, tiene un nombre que nombra todo el proceso. Estoy hablando del freno, ese gran desconocido.
Y digo desconocido porque al parecer nadie sabe que está ahí, que funciona, que se utiliza cuando, por ejemplo, la luz del semáforo pasa de verde a amarillo. Por el contrario, quisiera creer que en una confusión de pedales y manillares, cuando se avista la luz del cambio todos aceleran, ignorando al freno, al tiempo que tarda la luz en ponerse en verde y, peor aún, ignorando el tiempo que les tomará frenar en caso de emergencia.
Porque mientras los que vienen de la luz verde al amarillo aceleran, los que esperan del rojo al amarillo... también aceleran. Y los números no dan:
El que cruza a 30 km por hora (si viene acelerando, supera esa velocidad) tiene sólo 5 metros para frenar. Si se cruza a 60 km por hora, tiene 15 metros. Y así, exponencialmente. Quienes aceleran, de un lado y del otro, ignoran el freno y esos números de posibilidades de cruzar sin llevarse a otro vehículo por delante.
El freno, ese desconocido, existe porque existe la luz amarilla. Existe porque existen las esquinas, los animales sueltos, los vientos que tiran un árbol en mitad de la calle, la rueda que se pincha en el peor momento, la botella de agua fría que se te vuelca encima, el termo del agua caliente que hace otro tanto. Pero, sobre todas las cosas, el freno existe porque existe el otro. Ese que se ignora hasta que, en un toque, se descubre que estaba ahí, que sus huesos se rompen, que sus órganos se licuan, que duele.
5 de mayo de 2014
1 de mayo de 2014
Hijo único
Nachito era infalible pronosticándome un embarazo. No sabía hablar y me avisaba de mi estado dándome patadas y puñetazos en la barriga. Lástima que ningún embarazo llegara a término.
29 de abril de 2014
Resistir
En esta parte del mundo existe una ciudad llamada Resistencia en la que al día le quedan unos pocos minutos. Otro día en el que sobrevivimos de milagro. No exagero.
Vivir en Resistencia es sobrevivir y reponerse a la diaria lucha a brazo partido contra fuerzas de la naturaleza (ya mencionadas en otro artículo de este blog). Se nace y se muere a diario en esta ciudad, la ciudad de las mil vidas. Tantas vidas como puedas soportar.
Es un asalto por hora contra enjambres de abejas, cucarachas de todos los tamaños, pájaros con púas en sus alas (y muy agresivos!), calor, humedad, perros sueltos (con púas en sus garras, también), coches sueltos que no necesitan púas para abrirte las tripas, choferes de autobuses que no pasarían un test psiquiátrico, accidentes de moteros sin casco, ambulancias que no existen ni para la foto, tachos de basura para reciclar: donde va el vidrio encontrás el plástico, donde va el cartón hay cigarrilos encendidos, donde va el plástico hay bombas Molotov sin explotar.
Y mucha resignación para quienes nunca han visto qué hay después del límite municipal.
Vivir en Resistencia es sobrevivir y reponerse a la diaria lucha a brazo partido contra fuerzas de la naturaleza (ya mencionadas en otro artículo de este blog). Se nace y se muere a diario en esta ciudad, la ciudad de las mil vidas. Tantas vidas como puedas soportar.
Es un asalto por hora contra enjambres de abejas, cucarachas de todos los tamaños, pájaros con púas en sus alas (y muy agresivos!), calor, humedad, perros sueltos (con púas en sus garras, también), coches sueltos que no necesitan púas para abrirte las tripas, choferes de autobuses que no pasarían un test psiquiátrico, accidentes de moteros sin casco, ambulancias que no existen ni para la foto, tachos de basura para reciclar: donde va el vidrio encontrás el plástico, donde va el cartón hay cigarrilos encendidos, donde va el plástico hay bombas Molotov sin explotar.
Y mucha resignación para quienes nunca han visto qué hay después del límite municipal.
28 de abril de 2014
Kitsch
Tal vez sea la traducción pero no me ha gustado nada. Buenos,
puede ser la traducción. Es que tiene que ser muy precisa, no cualquiera
puede traducir poesía, y menos a Whitman. Ya, es que me parece que
tiene muchos lugares comunes ¿Lugares comunes? Epa, esto no es un poeta
de la Nueva Era como Coelho, abre la ventana por favor, esto es un poeta
del s.IXX! Fíjate que habla de átomos, de atmósfera, de progreso, de
sexo, de unidad. Casi parece el subconciente colectivo de Jung. No sé,
voy a buscar entonces otra traducción. Este tipo era un adelantado, no
un Pérez-Reverte. ¡Eh! ¡Pues a mí me gusta más en todo caso
Pérez-Reverte! Por favor, jooo, es pésimo. Se curra mucho las novelas. Y
por algo fué nombrado académico. Es pésimo, no puedo leerlo. A mí no me
interesa que sea nombrado caballero de la corte si quiere, escribe mal.
Joder, ¿Y todos los libros que vende? Pues yo me pondría a vender
hamburguesas en la calle y después de vender un millón me darían la
placa de la mejor carne. Que venda mucho no me interesa si no puedo
digerir siquiera un primer párrafo. Es que ustedes dos creen en el
cliché del escritor que es genial y muere pobre, como ese Whitman.
¡Ehhh, alto ahí,! No, creemos en el escritor que escriba bien y cuente
algo bien y punto. Lo que escriba tiene que ser muy bueno, dejarte algo.
Y dale… lo trascendente en el arte, buf. Además, Vargas Llosa es
un capullo millonario pero escribe de puta madre. Y Gabriel García
Márquez también, pero no es un capullo. Es que Pérez-Reverte engancha
con sus detalles. Sólo rellena su pésima prosa. Eso de que enganche.
American Psico me enganchó. Que enferma, pero en sí el libro es
olvidable, muy malo. Es que es como en el cine, está “El Código Da
Vinci” que engancha y entretiene, y está pues, que se yo, “Amelie”, que
es una obra a la cual siempre queremos regresar. A mí me pareció muy
bueno “El Código…”. Yo no lo leí. Ni lo hagas, mejor lee “El Péndulo de
Foucault”, de Umberto Eco. Eso. Es que “El Péndulo”es difícil, es muy
complicado de leer. Pero es una obra maestra. Lo bueno es complicado.
Por eso están las obras maestras de los escritores buenos y la
adaptación “light”, para los perezozos, de esas mismas obras maestras,
como lo que hizo el tío ese de “El Código…”, que ni sé como se llama.
Bueno, pero por ejemplo, a mí me fascina “Dirty dancing” ¡Joder! Y
también “Star Wars”, ¿y por ser cine comercial no es bueno? Una cosa es
buen entretenimiento, otra es buen arte. Jo, es que “Star Wars” es
filosofía. No me jodas. Y la primera trilogía estuvo muy bien hecha.
Eso fueron los ochenta. Engancha. Por cierto, el otro día ví a Cortázar. En el anuncio ése del reloj… ¡Ah! ¡Que susto! Pensé que lo habías
visto en persona. Yo también. Y yo!, cuando dijiste “Ví a Cortázar”. No
era Cortázar, era Elvis. Te tengo que hacer escuchar, tengo otro cd, no
éste, con sus relatos cortos. Hacele escuchar el reloj, pero completo.
Alguna vez tenemos que ser objetivos con nuestros autores
contemporáneos, seguro que en el pasado se despreció a los buenos
escritores para aplaudir a los malos. Es que en todas las épocas se leyó
y aplaudió a los Pérez-Reverte, por eso los buenos morían pobres.
Joder, tías, como se ponen con Alatriste. Volvamos a “Star Wars”, hay un
sitio muy chulo en Chueca llamado “Luc, Soy Tu Padre” ¿Ah, si? Que nombre chulo tiene. Ya por el nombre empezamos bien. Lo conozco,
tenemos que ir alguna noche. Vale, pero vestidas de la princesa Leia,
bien frikis de los ochenta ¿Y si vamos a un karaoke? ¡Eso! ¡Podemos
probar también con un bingo! En el bingo te dan de cenar gratis ¿De
verdad? Ya sé, nos vestimos de frikis, vamos al bingo a cenar con las
viejitas, vamos al karaoke, siempre hay en el karaoke una mujer excedida
de peso enfundada en un traje de lentejuelas rojas cantándole a su amor
perdido, joder qué Almodovariano. Te acabas de inventar el término.
Bueno, callar, pues luego del karaoke terminamos en “Luc, Soy Tu Padre”.
¿Puedo ir como Uma Thurman en “Pulp Fiction”? Eso ya es de los noventa.
Pero es friki igual. Eso no es un friki. Bueno, pueden ser disfraces y
listo. Vale, pero no esta semana sino la que viene, que me voy a
Asturias. Yo conozco un bingo. ¿Puedo ir con la cámara? Claro. Pero
tenemos que empezar la noche en el bingo. ¿Por qué esa fijación? No es
una fijación, es cuestión de estilo: empezar con lo más kitsch te quita
toda el pudor de entrada. Me voy, tengo entradas para los Scissor
Sisters. ¡Que chulo! Tengo ya preparada mi boa de plumas fucsias. Me
voy, se me hace tarde. Vale, nos vemos en dos semanas. Hecho.
26 de abril de 2014
Lujo
Esa tía es una prosti de lujo, fué su comentario de presentación. Y
dejaba escapar su admiración por las barandillas de sus
pestañas. Miré a la morenaza, colombiana, que se alejaba de nosotros
envuelta en perfume, joyas, tacones para subirse al taxi que se la llevó de la avenida.
.Se va un fin de semana a Mónaco, a ver en primera fila el premio de la fórmula uno. ¿Y que tiene que hacer a cambio? Pues chupársela al viejo que le pagará los 3.000 euros por los dos días de su compañía…No pongas esa cara, seguro que te gustaría que te paguen eso por una mamada.
Pues no, fíjate ¿Ah, no? No. ¿Segura? Segura ¿Tres mil euros por pasar un fin de semana en un hotel de lujo? No ¿Viendo la Fórmula Uno de cerca? No ¿En Mónaco? No ¿Por qué no? Porque no se la chuparía a ningún viejo por 3.000 euros, no me acuesto contigo por un trago. Venga ya…¿No lo harías por ese dinero? ¿Que sería mejor? No lo haría por ese dinero ni por nada. No podrías mejorar esa oferta Porque lo mejor sería ser yo la persona capaz de pagarse un hotel, un puesto en primera fila para ver la fórmula uno en Mónaco y el escort de 20 añitos, bronceado y que me la chupe por 3.000 euros.
¿Ves? Puedo mejorarlo.
.Se va un fin de semana a Mónaco, a ver en primera fila el premio de la fórmula uno. ¿Y que tiene que hacer a cambio? Pues chupársela al viejo que le pagará los 3.000 euros por los dos días de su compañía…No pongas esa cara, seguro que te gustaría que te paguen eso por una mamada.
Pues no, fíjate ¿Ah, no? No. ¿Segura? Segura ¿Tres mil euros por pasar un fin de semana en un hotel de lujo? No ¿Viendo la Fórmula Uno de cerca? No ¿En Mónaco? No ¿Por qué no? Porque no se la chuparía a ningún viejo por 3.000 euros, no me acuesto contigo por un trago. Venga ya…¿No lo harías por ese dinero? ¿Que sería mejor? No lo haría por ese dinero ni por nada. No podrías mejorar esa oferta Porque lo mejor sería ser yo la persona capaz de pagarse un hotel, un puesto en primera fila para ver la fórmula uno en Mónaco y el escort de 20 añitos, bronceado y que me la chupe por 3.000 euros.
¿Ves? Puedo mejorarlo.
Blogs
No sé quién será, pero un nuevo seguidor en otro blog que solía tener me recordó que dejé huérfano un blog en wordpress. Algunas cosas de esa época me parecen rescatables. Las iré colando en este blog que, aunque no sea para alabar, es el que llevo con más constancia.
¡Bisturí!
Nunca te enamores de un gordo, querida.
Atenta al detalle, estoy diciendo que nunca te ‘enamores’ de un excedido de peso. Puedes, si lo deseas, acostarte con él y follar hasta que no puedas sentarte. O puedes invitarlo a un chino, que eso le encantará seguro y podrás sentirte que eres un pajarillo comiendo, llenándote la boca de grasa del pato con bambú. Es un verdadero placer comer con alguien que disfruta realmente de una buena mesa. Pero no te enamores.
Enamorarse de un obeso (atenta, también estoy diciendo ‘obeso’, no ‘gordito’, ‘cachetón’, ni ninguno de esos motes, me refiero a un rebosante de papada como Buda) es para sufrir. Ya puedes adorarlo, anticiparte a sus deseos y hasta lamer el suelo por donde camina. Ese gordo no creerá jamás en tus sentimientos. Obvio, piensa que cada mañana luego de ducharse, ese gordo que te vuelve loca no es capaz de aclarar el espejo empañado, porque no puede ver su propio cuerpo reflejado, porque no puede observar sus tetillas caídas, porque no puede verse el sexo, empobrecido y afixiado debajo de su barriga. Piensa que ese gordo ha hecho una larga carrera de la burla: aprendiendo a burlarse de sí mismo, antes que lo hagan los demás. Ha aprendido a detestarse, antes que los demás. Ha expresado todo su asco, antes que los demás.
Y ahora vienes tú, linda, ¿y le quieres hacer borrar con el codo lo escrito con su regordeta manito? ¿Quieres hacerle ver lo inteligente, divertido, espiritual o profundo que te parece? Seguro te divierte su humor ácido y hasta encuentras sexys las cascadas de su cuello. Pues quítate esas románticas ideas de la cabeza, porque en cuanto te quedes babeando delante de esos avisos de Hugo Boss, ese gordo que va a tu lado confirmará que tú no lo quieres y no lo has querido nunca. Y encontrará un millón de otras razones rastreras para explicar tu presencia en tantas cenas en los chinos.
Mi consejo es que pases de él. Sin anestesia. No, no te empeñes en cambiar nada, porque no tiene arreglo. Un hombre cualquiera tiene muchas maneras de romperte el corazón, pero un hombre feo tiene la peor de todas: te convierte en su propia fealdad. Al menos uno guapo te deja bellos recuerdos cargados de su presencia. Al final dirás. ‘joder, que bueno estaba…’
Uno normalito te deja tardes pacíficas y bromas cursis. Podrás reírte y decir: ‘lo que me he reído con fulano…’
Pero uno feo sólo puede dejarte heridas. Y el amargo comentario: ‘yo lo quería, y él nunca me creyó…’
Haz algo mejor con tu tiempo. Cómprate zapatos de tacón, depílate, maquíllate a tu gusto (cosa que no podrás hacer junto a un gordo, no les gusta que vayas muy guapa), usa minifalda y enróllate con ese tonto tan guapo que te encuentras siempre en el metro.
De nada, guapa.
Atenta al detalle, estoy diciendo que nunca te ‘enamores’ de un excedido de peso. Puedes, si lo deseas, acostarte con él y follar hasta que no puedas sentarte. O puedes invitarlo a un chino, que eso le encantará seguro y podrás sentirte que eres un pajarillo comiendo, llenándote la boca de grasa del pato con bambú. Es un verdadero placer comer con alguien que disfruta realmente de una buena mesa. Pero no te enamores.
Enamorarse de un obeso (atenta, también estoy diciendo ‘obeso’, no ‘gordito’, ‘cachetón’, ni ninguno de esos motes, me refiero a un rebosante de papada como Buda) es para sufrir. Ya puedes adorarlo, anticiparte a sus deseos y hasta lamer el suelo por donde camina. Ese gordo no creerá jamás en tus sentimientos. Obvio, piensa que cada mañana luego de ducharse, ese gordo que te vuelve loca no es capaz de aclarar el espejo empañado, porque no puede ver su propio cuerpo reflejado, porque no puede observar sus tetillas caídas, porque no puede verse el sexo, empobrecido y afixiado debajo de su barriga. Piensa que ese gordo ha hecho una larga carrera de la burla: aprendiendo a burlarse de sí mismo, antes que lo hagan los demás. Ha aprendido a detestarse, antes que los demás. Ha expresado todo su asco, antes que los demás.
Y ahora vienes tú, linda, ¿y le quieres hacer borrar con el codo lo escrito con su regordeta manito? ¿Quieres hacerle ver lo inteligente, divertido, espiritual o profundo que te parece? Seguro te divierte su humor ácido y hasta encuentras sexys las cascadas de su cuello. Pues quítate esas románticas ideas de la cabeza, porque en cuanto te quedes babeando delante de esos avisos de Hugo Boss, ese gordo que va a tu lado confirmará que tú no lo quieres y no lo has querido nunca. Y encontrará un millón de otras razones rastreras para explicar tu presencia en tantas cenas en los chinos.
Mi consejo es que pases de él. Sin anestesia. No, no te empeñes en cambiar nada, porque no tiene arreglo. Un hombre cualquiera tiene muchas maneras de romperte el corazón, pero un hombre feo tiene la peor de todas: te convierte en su propia fealdad. Al menos uno guapo te deja bellos recuerdos cargados de su presencia. Al final dirás. ‘joder, que bueno estaba…’
Uno normalito te deja tardes pacíficas y bromas cursis. Podrás reírte y decir: ‘lo que me he reído con fulano…’
Pero uno feo sólo puede dejarte heridas. Y el amargo comentario: ‘yo lo quería, y él nunca me creyó…’
Haz algo mejor con tu tiempo. Cómprate zapatos de tacón, depílate, maquíllate a tu gusto (cosa que no podrás hacer junto a un gordo, no les gusta que vayas muy guapa), usa minifalda y enróllate con ese tonto tan guapo que te encuentras siempre en el metro.
De nada, guapa.
12 de abril de 2014
Fuerzas de la naturaleza II
Con todo: huelgas, inundaciones, cansancio crónico y/o extremo, la cosita que de repente aprende a hablar sólo para reclamar mi presencia... con todo, me escondo del mundo por cuarenta minutos y sale de mí otra persona. Me desdoblo. Me divido en dos partes y ambas partes se dan la espalda de tan diferentes que parecen ser. Y una de ellas tiene por lo visto mucho que decir. No solo eso: sabe cómo hacerlo.
Cuarenta minutos después, he parido otra criatura. La bautizo "Glándula". Apenas me queda tiempo para ver qué salió. Pero me siento como si tras una inmersión prolongada subiera a la superficie para alcanzar una mascarilla conectada a un tubo de oxígeno.
Respiro.
Cuarenta minutos después, he parido otra criatura. La bautizo "Glándula". Apenas me queda tiempo para ver qué salió. Pero me siento como si tras una inmersión prolongada subiera a la superficie para alcanzar una mascarilla conectada a un tubo de oxígeno.
Respiro.
19 de marzo de 2014
Fuerzas de la naturaleza
La cosita aún se despierta un par de veces por la noche. Y si está con mocos o similar, es un no parar entre medicinas, pañales y llantos. Luego está lo de bajar a una cocina a prepararle los biberones y tener que entrar a ostias por las cucarachas. Cuando no piso un orín de perro. Cada mañana, cuando llega la hora de continuar con la rutina laboral y ella va a la guardería, desayuno entre la pila de platos sucios de la cena. Es curioso: somos sólo tres adultos, y siempre hay en el fregadero una pila de diez platos, vasos, tazas, cubiertos... todo por fregar. Me sospecho que las cucarachas no saben lavar platos. Les tendrían que prohibir cenar luego de las doce de la noche.
Y el día transcurre entre corridas para alcanzar el colectivo, escapes por la ventana de la guardería para que la cosita no la arme, pagos de facturas, proveedores, quejas de los empleados, robos y cigarros. A veces me sorprenden los inspectores de sanidad y entonces la cosa se pone interesante. Todo se soluciona cuando ellos me dan un número y yo deslizo un billete por entre los paquetes de tabaco.
Luego, salgo corriendo para buscar a la cosita de la guardería, llego con ella en brazos hasta el negocio de mi hermano donde nos subimos todos a un coche, a pelear por el espacio. Llegamos a casa siempre cuando a la comida le faltan veinte minutos y yo negocio un poco de televisor para distraer al hambre. A veces me acuerdo de ir al baño. Con el tiempo de la siesta cerniéndose como una nube tormentosa a mis espaldas, le doy el almuerzo a la cosita. El resto está chupado: almuerzo yo y vamos juntas a dormir la siesta. Cuando ella se duerme veinte minutos después yo me levanto para poner en orden su ropa, su mochila de la guardería, algo de la cocina (hablo con las cucarachas)...
A la tarde, con la niñera dándole su leche con galletas, yo me puedo duchar. Salgo de casa a escondidas mientras ella juega con su pelota fosforescente e hipnótica. Voy al trabajo sólo para que no me acusen de descuidada. Es la hora en la que todo empieza a importarme un rábano. Pero a esa hora me pasan un reporte de daños con todo lo que falta, no funciona o se rompió durante el día. Por costumbre, lo pospongo para el día siguiente. Me ocupo de soñar por diez minutos mientras fumo un cigarrillo y vuelvo a casa para la hora de la cena.
Cuando por fin se duerme, me tomo otros diez minutos y en vez de cenar me ocupo de mi correspondencia. Algo es algo. Poco a poco voy saliendo de este letargo llamado maternidad.
Y el día transcurre entre corridas para alcanzar el colectivo, escapes por la ventana de la guardería para que la cosita no la arme, pagos de facturas, proveedores, quejas de los empleados, robos y cigarros. A veces me sorprenden los inspectores de sanidad y entonces la cosa se pone interesante. Todo se soluciona cuando ellos me dan un número y yo deslizo un billete por entre los paquetes de tabaco.
Luego, salgo corriendo para buscar a la cosita de la guardería, llego con ella en brazos hasta el negocio de mi hermano donde nos subimos todos a un coche, a pelear por el espacio. Llegamos a casa siempre cuando a la comida le faltan veinte minutos y yo negocio un poco de televisor para distraer al hambre. A veces me acuerdo de ir al baño. Con el tiempo de la siesta cerniéndose como una nube tormentosa a mis espaldas, le doy el almuerzo a la cosita. El resto está chupado: almuerzo yo y vamos juntas a dormir la siesta. Cuando ella se duerme veinte minutos después yo me levanto para poner en orden su ropa, su mochila de la guardería, algo de la cocina (hablo con las cucarachas)...
A la tarde, con la niñera dándole su leche con galletas, yo me puedo duchar. Salgo de casa a escondidas mientras ella juega con su pelota fosforescente e hipnótica. Voy al trabajo sólo para que no me acusen de descuidada. Es la hora en la que todo empieza a importarme un rábano. Pero a esa hora me pasan un reporte de daños con todo lo que falta, no funciona o se rompió durante el día. Por costumbre, lo pospongo para el día siguiente. Me ocupo de soñar por diez minutos mientras fumo un cigarrillo y vuelvo a casa para la hora de la cena.
Cuando por fin se duerme, me tomo otros diez minutos y en vez de cenar me ocupo de mi correspondencia. Algo es algo. Poco a poco voy saliendo de este letargo llamado maternidad.
31 de diciembre de 2013
Antología de Mundopalabra
Una vez más, me alegro de toda esa febril actividad realizada antes de salirme de cuentas. Esta semana me envían la portada de la antología de Mundopalabra donde viene el microrrelato "Los Turistas", que trabajé junto al gran Santiago Eximeno. Eso me recuerda la promesa de volver al ruedo una vez que me asegure la infancia feliz de mi niña. Vamos bien, sólo me queda un año por delante para sentar las bases de sus primeros cinco años de vida. Ella es el centro de mi vida, espero que algún día lea lo que su mami es capaz de hacer...
3 de abril de 2013
Cerrado por Maternidad
Eso. Cerrado por maternidad. Cerrado incluso desde antes de poner este aviso a manera de nueva entrada, porque la noticia es vieja.
Un ser humano cuesta. Tiempo, paciencia, insomnio. Repetir, repetir y repetir. Apuntar horas de toma, de siestas, ml de leche por cada toma, pañales, cacas, estado de las mismas (color, textura, grumos). No es ese ser pequeñito quien se adapta a este mundo. Somos nosotros los que nos adaptamos a el.
Hasta nuevo aviso (en unos... cinco años), hasta pronto.
Un ser humano cuesta. Tiempo, paciencia, insomnio. Repetir, repetir y repetir. Apuntar horas de toma, de siestas, ml de leche por cada toma, pañales, cacas, estado de las mismas (color, textura, grumos). No es ese ser pequeñito quien se adapta a este mundo. Somos nosotros los que nos adaptamos a el.
Hasta nuevo aviso (en unos... cinco años), hasta pronto.
18 de noviembre de 2012
Casandra sabe morir
No hubiera muerto en otro tiempo, en otra época. Tal vez ni siquiera estaría fría y pudriéndose si no hubiera sido ella. Tan elegante, tan distinta a esa pequeña masa de carne blanda y tibia que llegó al mundo como cualquier ordinario mortal unas pocas décadas atrás. Era joven aun cuando se sorprendió a si misma muriendo. Y dio esa lección que no pudo dar al nacer, decidida a marcar la diferencia, a destacar por encima de esa multitud de diferentes ansiosos de reconocimiento. Siempre tuvo clase, también orgullo. Fina y altiva, se supo diferente a la tierna edad en que se supo bella. De la misma manera en que se supo moribunda, al ver su escote iridiscente en el espejo, cruzado por un hilo de sangre.
Unos
minutos antes, tras el golpe en la cabeza, guardó las formas y bromeó con
soltura. Pudo elevarse por encima de la escena y ver la posición ridícula que
había adoptado su cuerpo esbelto tras la caída, marcando una cruz de brazos y
piernas en la nieve. Se levantó sabiéndose observada y sacudió la cabeza sin
demostrar el esfuerzo que aquello le costó. Dolía. Lo sintió como no sintió
antes ninguna otra cosa. Pero enderezó espalda, alineó caderas y hombros y dio sus primeros pasos entre los curiosos. La
fotografiaban, alguien murmuró algo y ella lo sintió como un aguijón doloroso. Dijo
algo apropiado para encajar una sonrisa y rechazar con un gesto femenino de los
suyos al médico que llegaba a auxiliarla y venerarla.
Por
eso, de haber sido otra época, de haber sido por ejemplo una damisela en
apuros, habría aceptado gustosa la ayuda. Si hubiera sido una matrona clásica
habría sabido que la necesitaba. Tal vez, incluso, de haber sido la clase de
persona común y corriente de las que se permiten errores, estaría viva. Pero el
error por el que resbaló le resultó imposible de llevar y decidió, ella, la
diferente, pagarlo con estoicismo de dioses.
Se
retiró a su habitación con el oído que empezaba a sangrar, pero la cabeza en
alto. Pidió hielo al servicio de habitaciones, despidió al asistente y ordenó
que no le pasaran llamadas. Se metió en la cama. Cinco horas más tarde moría en
las alturas de un helicóptero de urgencias, con un derrame cerebral
irreversible que se la llevaba, elegante, intachable, al encuentro con su única
debilidad.
5 de noviembre de 2012
La Pala(bra)brota
Hace ya un par de años presenté a concurso un relato que fue debidamente abandonado en un cajón. Era una historia tensa en la que al final se descubría a un estafador y a una engañada. Por supuesto, la engañada no reaccionaba nada bien y soltaba toda clase de improperios. Para hacerlo realista me tuve que inspirar en esos momentos del clásico "borracho pesado", cuando el borracho en cuestión se caga en su misma madre (sí, he conjugado el verbo "cagar"... existe, mojigatas)
Uno de los comentarios descalificadores del relato, y el que más ridículo encontré, fue que era innecesario el "exabrupto" al final. Habrán esperado que la víctima prepare un té, invite a su estafador a unas pastas y luego le arrojara un guante a la cara en señal de ofensa y desafío ¿No? Lo mismo habría girado el relato hacia el absurdo. Pero a mí en no me daba la real gana, porque lo que como titiritera de los personajes quería era que la pobre le partiera la cabeza al muy cabrón. Y lo hizo, vaya.
Las palabrotas son necesarias. Y en los tiempos que corren, absolutamente necesarias. Hay demasiado floripondio y esperpento. Demasiado baile de salón para distraernos. Qué bien que lo hacemos nosotros, es el mensaje que sueltan tras un discurso medido y equilibrado, de podio y micrófono, en el que sus autores dicen... NADA. Un circo de papel inglés pintado, qué cuco, que intenta arrebatarnos el derecho de sentirnos como realmente nos están tratando: como imbéciles. Una postal bonita de revista de decoración sobre sitios en los que jamás viviremos. Y nosotros debemos tolerar y tragar.
¡Pues no! A la mierda con todo. Váyanse a tomar por culo. La gente común, con sangre en las venas, despotrica y suelta improperios, parte cabezas, escupe gotitas de saliva para defenderse de la afrenta.
No me toquen más la polla con lo de las benditas palabrotas. Si ustedes quieren sonreír mientras les meten un nabo por sus partes íntimas (uy, de qué finuras soy capaz), saluden a la úlcera de mi parte. La palabrota es el látigo que expulsa al hipócrita del templo. La última defensa contra el atropello. Un arte sórdido de este siglo. Ya hay algunos visionarios que le rinden homenaje.
Como la gente de Zulo Azul, y su "Lenguaje para Sórdidos"
http://cronicasdelzuloazul.blogspot.com.es/2012/11/lenguaje-para-sordidos.html
Uno de los comentarios descalificadores del relato, y el que más ridículo encontré, fue que era innecesario el "exabrupto" al final. Habrán esperado que la víctima prepare un té, invite a su estafador a unas pastas y luego le arrojara un guante a la cara en señal de ofensa y desafío ¿No? Lo mismo habría girado el relato hacia el absurdo. Pero a mí en no me daba la real gana, porque lo que como titiritera de los personajes quería era que la pobre le partiera la cabeza al muy cabrón. Y lo hizo, vaya.
Las palabrotas son necesarias. Y en los tiempos que corren, absolutamente necesarias. Hay demasiado floripondio y esperpento. Demasiado baile de salón para distraernos. Qué bien que lo hacemos nosotros, es el mensaje que sueltan tras un discurso medido y equilibrado, de podio y micrófono, en el que sus autores dicen... NADA. Un circo de papel inglés pintado, qué cuco, que intenta arrebatarnos el derecho de sentirnos como realmente nos están tratando: como imbéciles. Una postal bonita de revista de decoración sobre sitios en los que jamás viviremos. Y nosotros debemos tolerar y tragar.
¡Pues no! A la mierda con todo. Váyanse a tomar por culo. La gente común, con sangre en las venas, despotrica y suelta improperios, parte cabezas, escupe gotitas de saliva para defenderse de la afrenta.
No me toquen más la polla con lo de las benditas palabrotas. Si ustedes quieren sonreír mientras les meten un nabo por sus partes íntimas (uy, de qué finuras soy capaz), saluden a la úlcera de mi parte. La palabrota es el látigo que expulsa al hipócrita del templo. La última defensa contra el atropello. Un arte sórdido de este siglo. Ya hay algunos visionarios que le rinden homenaje.
Como la gente de Zulo Azul, y su "Lenguaje para Sórdidos"
http://cronicasdelzuloazul.blogspot.com.es/2012/11/lenguaje-para-sordidos.html
Eslogan
-
Ya despedimos al responsable.
Fue la
respuesta a la inmediatez de la ira con que se lanzó la pregunta. En el extremo
de esa mesa, fuera de si, un anciano trajeado agitaba
brazos y peluquín.
-
¿Un solo responsable? Explíquenme cómo pierdo a mi jefe de
marketing, al asistente de recursos humanos, a las nalgas de la recepcionista –por
favor, esas nalgas-, al responsable de las cuentas de Inglaterra y hasta al
imbécil del mantenimiento, en un solo día ¡Cómo!
Ese silencio de pira funeraria, ese al
que hay que carraspear para saber si es real, siguió a la diatriba
del anciano. El de la primera intervención respetó la norma y carraspeó.
Con la mano izquierda se palpó, encontrando todas sus partes en su sitio para hablar. Con la mano
derecha por debajo de la mesa, repitió:
-
Despedimos a una persona hoy, al responsable de esta estampida…
-
¡El de mantenimiento renunció! - siguió el anciano, ajeno a su
ejecutivo - Pero si a ese le debía dar
yo una patada en el culo ¡Cómo se atreve!
El
interlocutor tomó aire y prosiguió, con su brazo derecho muy tenso.
-
… es el publicista. La última campaña de píldoras para dormir empapela
los alrededores. No fuimos los únicos afectados.
El anciano tragó saliva, se le notó la nuez cubierta
de pliegues, se detuvo a escuchar y respirar. El ejecutivo concluyó:
-
Al parecer, el eslogan de “Lucha por ese sueño perdido” fue nefasto.
2 de noviembre de 2012
La dieta de los niños, tercer premio del público
Desde el Museo del Romanticismo me envían hoy un mail para comenzar bien el día: el microrrelato "La dieta de los niños" alcanzó el tercer premio otorgado por el público en el II Certamen de Microrrelatos de Terror. La votación se realizó a través de la página del museo en Facebook, y quedé por delante de un relato que, a mi parecer, daba más miedo que el mío. Cosas de la democracia.
Una amiga me había dicho cuando le comenté que estaba finalista, y que el sistema de votación era público, lo clásico: "odio las cosas votadas por el público, siempre ganan los peores". De verdad, tener amigos para eso. De todas maneras creo que ella me votó.
Yo simplemente festejé la semana pasada que estaba finalista. Ahora tengo que organizar una comilona en casa para los sesenta y seis colegas que votaron el relato por caridad... o convicción.
Y terminar de una vez los micros que tengo en el horno, antes de romper aguas.
Una amiga me había dicho cuando le comenté que estaba finalista, y que el sistema de votación era público, lo clásico: "odio las cosas votadas por el público, siempre ganan los peores". De verdad, tener amigos para eso. De todas maneras creo que ella me votó.
Yo simplemente festejé la semana pasada que estaba finalista. Ahora tengo que organizar una comilona en casa para los sesenta y seis colegas que votaron el relato por caridad... o convicción.
Y terminar de una vez los micros que tengo en el horno, antes de romper aguas.
25 de octubre de 2012
La dieta de los niños, finalista
Como para no recomendar el Taller (muy) breve de ficción mínima: el excelente profesor que es Santiago Eximeno exprimió de este cerebrito chamuscado un relato breve en particular. Que con todo el morro esta servidora envió al Concurso de Microrrelatos de Terror organizado por el Museo del Romanticismo. En estos instantes se lleva a cabo la votación del público para elegir sus tres favoritos en https://www.facebook.com/#!/pages/Museo-del-Romanticismo/311260926718?fref=ts
Mientras que en el salón de la justicia un jurado selecto elige otros tres ganadores. Y lo tienen crudo porque una vez leídos todos no se puede sentir más terror.
Dicho esto, no sé a que esperan quienes desean pulir su estilo para hacer el taller de este señor.
Mientras que en el salón de la justicia un jurado selecto elige otros tres ganadores. Y lo tienen crudo porque una vez leídos todos no se puede sentir más terror.
Dicho esto, no sé a que esperan quienes desean pulir su estilo para hacer el taller de este señor.
15 de octubre de 2012
El regreso
Sara me limpia los mocos y me dice ya es hora de regresar. Me gusta cómo
huele cuando le da el sol de la tarde. El parque se está quedando vacío, así
que le doy la mano a Sara. Su mano es fuerte y firme, pero su voz es aún mejor.
Me gustaría tener sus manos y su voz. Mientras caminamos me pregunta si lo he
pasado bien. Hoy tampoco vinieron al parque ni Pablito ni Lucía, me quejo. Sara
me dice que ya vendrán. Yo espero que no tengan muchos deberes en el cole; me
alegro de no tener muchos deberes. Y de tener siempre conmigo el cerdo de goma
que silba cuando lo aprieto. Cuando vengan les mostraré el cerdo y podremos
jugar todos con él.
Le cuento
todo esto a Sara y ella se limita a asentir. Siempre me da la razón de camino a
la residencia de ancianos. Le pregunto si hemos venido a visitar a alguien y
Sara sólo responde que ya es la hora del baño, que pronto pondrán la cena, don
Maciel.
14 de octubre de 2012
El buen gusto
Tengo
que reconocer que Marianela de los Santos-León Rodríguez tiene un gusto
exquisito. Nada más subir las escaleras de mármol que me llevaron a la segunda
planta de su casa de campo, me encontré con un aguatinta del siglo diecinueve,
junto a unos lirios recién cortados del jardín dispuestos en un jarrón de
cristal de Bohemia. El conjunto abría boca al resto de la planta: un recibidor
inmenso con lámparas japonesas de bambú iluminando el camino y tapices traídos
de Asia en las paredes, colgados al lado de la puerta de cada habitación.
Había ocho habitaciones.
Me divirtió el juego de encontrar a su marido esperándome en una de ellas.
Había ocho habitaciones.
Me divirtió el juego de encontrar a su marido esperándome en una de ellas.
Transartica
Hay que enfrentarse al propio talón de Aquiles cada cierto tiempo. A los talones, porque tenemos varios. Y superarlos o rendirse a la evidencia, pero sin ese enfrentamiento no lo superaremos jamás.
Mi deuda con el microrrelato nace de un complejo, irracional como todos los complejos, pero muy firme. Aún no lo he superado, no llego al microrrelato de cuatro palabras, tiempo al tiempo. Pero perderle la fobia ya me parece un gran paso.
El centro de rehabilitación en este caso fue el excelente taller de Transártica, coordinado por el insuperable Santiago Eximeno: Taller (muy) breve de ficción mínima, emotiva y grotesca. Ya propuse una continuación, vale cada céntimo pagado. Porque además es económico. Lo tiene todo.
Les dejo el enlace:
http://transartica.net/
Iré publicando la hornada de microrrelatos que yo (sí, yo!) pude cocinar con los buenos ingredientes que me facilitaron los buenos señores.
No se pierdan su segunda edición, en breve.
Mi deuda con el microrrelato nace de un complejo, irracional como todos los complejos, pero muy firme. Aún no lo he superado, no llego al microrrelato de cuatro palabras, tiempo al tiempo. Pero perderle la fobia ya me parece un gran paso.
El centro de rehabilitación en este caso fue el excelente taller de Transártica, coordinado por el insuperable Santiago Eximeno: Taller (muy) breve de ficción mínima, emotiva y grotesca. Ya propuse una continuación, vale cada céntimo pagado. Porque además es económico. Lo tiene todo.
Les dejo el enlace:
http://transartica.net/
Iré publicando la hornada de microrrelatos que yo (sí, yo!) pude cocinar con los buenos ingredientes que me facilitaron los buenos señores.
No se pierdan su segunda edición, en breve.
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